marzo 09, 2016

Juro que lo intenté


Sí, había recibido en los últimos años la misma sugerencia: “Tienes que probar la bici de carretera. Ya verás cómo te engancha”. Han sido  meses de cargar con el secreto. Lo reconozco ahora. Juro que lo intenté.

Fue el pasado verano. En agosto. De vacaciones. Pasé por mi tienda habitual cuando estoy por allí. A dar una vuelta, como hago siempre. Post-convaleciente, seguía recuperándome  de mi falta de equilibrio. Alquilaban bicis de carretera. “Ummm…..¿Puede ser la oportunidad? “ Pregunté. Me animaron. “Ya verás cómo te engancha”. Le pusieron mis pedales. Todo arreglado. Dejé mi bici de montaña y salí con la de carretera. Tan contento.

“Esto es cogerle el tranquillo”, pensé. Tenía 7 kilómetros por delante en llano y por generoso arcén. “Veamos, primero la posición de agarre en el manillar”.  No me sirvió de mucho lo aprendido. El manillar es más corto. Tiene una posición de sujeción donde se inicia la base del freno. Ahí fueron a caer mis manos.  “Ya está, monstruo”. Ahora a pedalear y a manejar los desarrollos. Aquello se complicaba con los empujones laterales del cambio. “A ver…” Pedaleaba y trataba de cogerle el tranquillo. “Ahora voy cogiendo velocidad y controlo el freno”. Fue un tira y afloja a ver quién ganaba. Cambios, frenos, manillar. La condenada postura,  mi cabeza gacha. Y el manillar estrecho, la leche. Iba orquestando todo aquello mientras iba rodando. Mi mirada veía pasar la raya del arcén. “Yo, a la derecha.” Rodaba veloz.

Llegué a mi casa. Abrí el portón de la cochera. Guardé la bici. “Nada, esto es el primer día. El segundo, la caña.” Dejé reposar mis sensaciones 24 horas.

Me levanté temprano. “Voy en llano hasta el puerto, le voy cogiendo el tranquillo y tiro para la subida de La Gorgoracha”. Seguí luchando con el manillar, los cambios y el freno. La postura, la cabeza gacha y la línea del arcén. “Por Dios, a la derecha de la raya.” Aquella sinfonía no acababa de sonar bien pero llegué hasta el puerto. “Un poquito más de rodaje, venga”. En un lateral del puerto había una avenida sin tráfico. Me hice unas series de manillar, cambios y freno. Avenida arriba. Avenida abajo. Cuando llegaba a las primeras casas en cada vuelta unos paisanos se quedaron con el cante. Me incomodé y me fui. “Venga, con un par. A la Gorgoracha”. Fui atravesando las calles de Motril. Salí de la población. Carretera pura y dura. “Venga, a ponerse de pie y a escalar los repechos”. ¡Uy la leche!. Aquello se me iba de las manos. Pasaban camiones. Me orillaba. Coches. Me orillaba. Me detuve en un mirador. Frente al cerro del Toro. Me bajé de la bici. Lucía bien así apoyada. De carbono. Guay. Respiré. Emprendí la bajada. Aquello se embalaba. Las curvas. “Hay que tumbarse” ¡Uy la leche!. No way.  Los frenos, los jodíos frenos… Pero vamos a ver, ¿cómo es posible que para hacer la máxima palanca tengas que estar agachado del todo con las manos en la zona curva del manillar? Cuando aprietas el freno arriba no puedes hacer máxima palanca, por Dios…

Entonces pasé por encima de mi primer bache. Puede que lo viera, pero mi vista de betetero no era consciente. Todo mi ser crujió con el carbono y entonces tomé conciencia. Todo era frágil y etéreo. Mi futuro negro como el puñetero asfalto. ¿Qué hacía allí con una bici de carretera? Más curvas. Más baches. ¿Dónde estaban cuando subía? Iba esquivándolos mientras miraba la raya del arcén, ahora peligrosamente a mi derecha. Detrás los camiones. Raya continua, no podían adelantarme. Entré en Motril. Tomé el primer atajo hacia la tienda. Otro repecho. “Se va a poner de pie su padre”. Coroné. Larga bajada. “Tranqui, ya queda poco”. Cogí velocidad. Ya estamos. Algún bache más. Venga. El manillar, los frenos, los cambios. La condenada postura y la mirada gacha. Los coches y la puñetera raya del arcén. Aquello era una alegoría del tembleque. Una pelea en toda regla, oiga. Pero llegó la apoteosis. Maldito seas, puñetero paso elevado con un socavón, feo de gordo. Me agarré como pude al manillar, me faltaba bici donde enroscarme. Frenos con que frenar. Entonces se me pasó la vida en un instante, me vi de niño con mi tacatá, mi patinete de color azul, mi primera bici de montaña, mi primer camelback y cuando dejé de ir vestido de globero y me convertí en un betetero por convicción. Me veía entre montañas tocando el cielo. Todo iba transcurriendo en un instante y sentí terror. Estuve a punto de emprender un viaje astral huyendo de aquel infierno cuando apareció como una visión  la tienda de bicis.

Entré silencioso. Devolví la bici de carretera. Me cambiaron los pedales. Me subí a mi bici de montaña. Mi manillar. Salí a la calle. Salté el bordillo. Mis suspensiones.  Comencé a rodar moviendo los cambios. Venía un coche. Mis frenos. Mi cuerpo era un solo ser con mi máquina. Y volví a ser feliz. Inmensamente feliz.
 

PD- Dedicado a todos los que creyeron en mi futuro como ciclista de carretera. Declaro mi incompetencia. Pero juro que lo intenté.


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marzo 05, 2016

Groundhog Day

 
o "El día de la marmota", es una divertida película  protagonizada por Bill Murray que todos hemos visto.  En ella, Murray  hace el papel de meteorólogo que se desplaza al pueblo de Punxsutawney, en Pensilvania, donde la marmota Phil predice cuándo acabará el invierno.
 
Álvaro, José Antonio y yo, congregados en Hoyo de Manzanares, decidimos tirar hacia el puente de la Marmota con el noble propósito de comprobar si allí habita nuestro Phil particular y sondearle sobre la terminación de nuestro invierno patrio. ¿Por qué? Pues para saber si cuando lleguen nuestras, en proceso de fabricación, nuevas chaquetas de invierno Boulder Bikers, las podremos usar mucho tiempo o acabarán en nuestro fondo de armario.
 
Cuando salimos de Hoyo soplaba un vientecito helado que barría unos ligeros copos de nieve escapados de la Sierra. Pedaleamos por el carril y vereda habitual hasta la Academia de Ingenieros, donde seguimos carretera abajo empujados lateralmente por el viento. En el cruce con el carril que baja hasta el puente del Batán, lo dejamos a la izquierda para tomar la trialera divertida que entronca con el carril que baja hasta la vereda del puente de la Marmota. Más diversión y llegamos al puente. Buscamos a Phil desesperadamente pero no lo encontramos. Rabiosos, afrontamos el rampón de la calzada donde José Antonio dio un recital escalándoselo  todo.  Seguimos subiendo enlazando veredas y carriles con la tapia de El Pardo siempre a la derecha, hasta coronar el mirador de Valdelaganar.
 
Aquí ya comenzaba la bajada hacia el arroyo de Tejada, donde llegamos al primer vado sin que presentase mucha agua. Este tramo de sucesivos vados es muy entretenido y te permite rodar rápido, aunque el viento nos castigaba de vez en cuando. Donde fue inexorable fue en la subida desde el último vado hasta Colmenar Viejo, por la entrada del cementerio. Hicimos un alto en la ermita y cruzamos Colmenar hasta tomar el tramo de la calzada romana/Camino viejo de Santiago siempre súperdivertido.
 
El puente del Batán sobre el río Manzanares ha sido reconstruido en piedra y ha quedado muy bien, salvo por los terraplenes y obstáculos que han puesto para evitar el cruce de todo animal bípedo implume sobre dos o cuatro ruedas. A la vista del viento, las nubes descargando nieve sobre La Pedriza y que venían hacia la Sierra de Hoyo, decidimos volver hacia Hoyo en vez de dar la vuelta a la Sierra  por Moralzarzal.
 
Tras carrilear y pisar algo de asfalto,  con el viento ya definitivamente en contra, llegamos a nuestro lugar de destino, donde nos fuimos de cabeza al bar que conocemos donde tienen esa estupenda estufa de leña.
 
Cuando salimos del bar soplaba de nuevo un vientecito helado que barría unos ligeros copos de nieve escapados de la Sierra. Al percibir la misma sensación que en la salida pensamos en la maldición del día de la marmota, con la obligación inmediata de repetir la ruta, por lo que pusimos pies en polvorosa, pues ya estaba bien por hoy.
 
 
El enlace a todas las fotos aquí:
https://picasaweb.google.com/115399828583574904575/5DeMarzoDe2016HoyoDeManzanaresPuenteDeLaMarmota

























 
 
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febrero 21, 2016

No debí bajar por esa trialera

Menos frío que ayer, la temperatura iba subiendo a lo largo de la mañana. Los dos encuentros fueron puntuales. A las 9:30 con Ángel, en el cruce del camino del Canal con la carretera que sube a Las Cuestas. A las 10:00, con Álvaro en la barrera tras la subida desde Río Chico. Mientras esperábamos, comentar que la probabilidad de que nos cayera un meteorito  encima era de 1 entre 500.000. 

Seguimos hacia Colmenarejo en dirección al embalse de Valmayor. Supongo que el Canal de Isabel II podría informarse del aforo del embalse siguiendo nuestras fotos en el Blog.  Tomamos la Cañada Real hasta la ermita del Cerrillo. Al fondo, la Bola del mundo, La Pedriza con sus crestas nevadas. Qué buen día.  Los carriles y veredas nos llevaron al Río Guadarrama, cerca de La Navata, donde innovamos la sesión fotográfica con diferentes encuadres. Junto al río. Reseñar que la probabilidad de morir ahogado es de 1 entre 100.000.

El día seguía inmejorable. Avanzábamos por los senderos hacia Torrelodones. Puro disfrute y lección de Ángel en la bajada final antes de la urbanización que precede al puente. Lo cruzamos  y coronamos pasando bajo la carretera. Esta vez innovamos yendo por el carril que transcurre en paralelo a las vías del tren para cruzar por la estación de Torrelodones. La probabilidad de sufrir un accidente de tren es de 1 entre 50.000.

Seguimos hacia los altos por encima del túnel del tren para bajar hasta Molino de la Hoz. Entonces surgió la idea de abandonar el carril principal y tirar por esa trialera que tan bien conoce Val.  Nos encontramos en una curva con un grupo de senderistas que subían. Llevaban un perro. Aflojamos. Se apartaron. Me paré. Más adelante se divisaban las roderas y piedrolos. Ángel se fue pitando. Álvaro le siguió.  Bajé el sillín. Me subí a la bici.    Me dispuse a intentar la condenada trialera...

Entonces ocurrió. El jodío perro se vino a mi gemelo izquierdo y me mordió. Por detrás.  Como quien no quiere la cosa.  Fue un clavar los dientes y volverse, como en plan suavón. No dio la cara, el cobarde.  "El perro me ha mordido" les dije a los senderistas. "¿Ah sí ?  ¿A ver?" Les enseñé mi pernera  con la saliva todavía rezumante. No había desgarrado el pantalón. Tampoco era cuestión de quitarme las zapatillas, pues la pernera tiene una cinta elástica que impide su movimiento. "Es que el perro en los senderos se pone nervioso y se vuelve muy territorial". Jodío perro. Ya te daría yo territorial con mi bomba de mano. "No ha sido nada, tranquilos", les dije.

Retomé la trialera. Nos agrupamos. Les conté lo sucedido. Seguimos bajando. Dejamos a la derecha la presa del Gasco. Llegamos a Molino de la Hoz. Nos despedimos en Río Chico. Súper Ángel se volvía por el paredón con la intención de llegar hasta la presa del Aulencia y bajar por Mordor. ¡Qué tío! Yo seguí con Álvaro hasta Las Rozas. Nos despedimos. Seguí solo hasta Majadahonda.
 
La probabilidad de sufrir un serio accidente en bicicleta es de 1 entre 4.919. Sin embargo, la probabilidad de ser mordido por un perro es de 1 entre 117.127.

No debí bajar por esa trialera.


El enlace a todas las fotos aquí:

https://picasaweb.google.com/115399828583574904575/21DeFebreroDe2016MajadahondaValmayorLaNavataMolinoDeLaHozLasRozasMajadahonda





















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Nieve en Cercedilla

No hizo falta insistir mucho para conseguir hoy una buena asistencia. Cercedilla es nuestro lugar emblemático, como el de muchos bikers de Madrid. La promesa de la nieve también concita voluntades. En definitiva, hoy se juntaban dos circunstancias que desde niños nos producen emoción: montar en bici y jugar con la nieve. Véanse las fotos que dan testimonio de ello.
 
Salimos desde el punto habitual junto a la estación: Óscar, Jon, José Antonio, Val y yo. Nuestro propósito era llegar hasta el Puerto de la Fuenfría, seguir por el Camino Schmid y bajar por el Calvario. Según íbamos subiendo tal previsión se complicaba. Tampoco teníamos mucha prisa, por lo que íbamos parando de vez en cuando. Al llegar a la Fuenfría hubo que bajarse y empujar. No obstante, intentamos iniciar al Camino Schmid, sin éxito. Una retirada a tiempo es una victoria, por lo que se impuso el sentido práctico y emprendimos el regreso hacia Cercedilla por el mismo camino.
 
La habitual parada en el Helio, esta vez al amparo del sol y no de su estufa de leña, fue el colofón a una salida donde pedaleamos poco pero disfrutamos mucho.

El Enlace a todas las fotos aquí:

https://picasaweb.google.com/115399828583574904575/20DeFebreroDe2016Cercedilla















 





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